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Conferencia Universidad Estambul (23-05-2011)

01/06/2011

Comienzo de la conferencia dada la Universidad de Estambul (23-05-2011) sobre los Episodios nacionales de B. Pérez Galdós

Los Episodios, en fin, no son textos para fomentar la complacencia ni admirar su perfección estética. Auscultamos en ellos el espíritu de una nación acosada por la incompetencia política de sus clases dirigentes. España aparece invadida por los franceses y traicionada por una monarquía que negaba los derechos y la soberanía a sus ciudadanos, precisamente cuando el hombre intentaba reinventarse, redefiniendo los parámetros del individuo. Su negativa a aceptar la potencialidad del hombre por la monarquía se sumaba al rechazo histórico ocasionado por la contrarreforma (1560-1648), durante la época de Felipe II (1527-1598), en lo referente a la libertad de conciencia. La inflexibilidad religiosa, católica, de los siglos aureos, fue reforzada por la monárquica, y los logros alcanzados por las ciencias del yo, la psicología, la incipiente psiquiatría, entraron en nuestra cultura de manera azarosa, retrasando (o alejándonos, si se prefiere) con respecto a Europa. La conciencia seguía enganchada a la religión y no al individuo, a la persona individual, un desarrollo de la civilización que lo liberaba de las amarras del anticuarismo ideológico. Por eso, la modernización española ha sido históricamente tan asimétrica, basada en las enseñanzas de los pensadores progresistas minoritarios, desde Erasmo de Róterdam (1466- 1536)  a Francisco Giner de los Ríos (1839-1915), si bien carente de continuidad y coherencia. Ese laberinto español, expresión de Gerald Brenan para designar la vida social española, tiene muchas puertas, no sólo la del amiguismo crónico como explicó el incisivo ensayista inglés.
Galdós noveló en la primera serie de estos diez episodios, que inaugura Trafalgar (enero-febrero, 1873)  y cierra La batalla de Arapiles (febrero-marzo, 1875), siendo  Cádiz (septiembre-octubre,1874) el séptimo título, una historia de la lucha por  la independencia de la nación y por el poder dentro de ésta. Los gobernantes no supieron estar a la altura de la circunstancias, el pueblo llano, en cambio, rescataría el honor patrio. El lector debe entender que asiste a la narración de un giro copernicano en el pensamiento español, uno que desquiciaba el predominio ideológico de los poderes tradicionales, la iglesia, el ejército y las clases privilegiadas, un proceso denominado por Miguel Artola la “’quiebra del Antiguo Régimen” (pág. 9), recibido por los escritores españoles, como el asturiano-leonés Leopoldo Alas o catalanes como Josep Yxart, con el regocijo propio de quienes disfrutan finalmente de la libertad. Una libertad conquistada con mucho esfuerzo. La nobleza, el clero y la milicia, habían mantenido durante siglos un orden social injusto, basado en sistemas de valores antidemocráticos. El privilegio de los primeros lo justificó la iglesia católica demasiado tiempo y lo defendió el ejército con las armas. Nacía, pues, una nueva España.
La prensa, el correo, el mundo de la fotografía, la circulación de ideas por los medios de comunicación y de personas mediante unos trasportes rápidos, el tren en particular, facilitaron el contacto entre las gentes, que permitía comparar circunstancias y aprovecharse de los avances sociales. Precisamente Galdós vivirá al máximo estas circunstancias, ya que su afición al periodismo y a los viajes --pocos escritores españoles de su tiempo, viajaron al extranjero con tanta frecuencia --le ofrecían nuevas pespectivas.
El autor canario mostrará en esta novela la emergencia de un orden inspirado en las ideas de la revolución francesa, donde la soberanía y el poder quedaban en manos del pueblo. Naturalmente, los que ostentaban el poder no tenían intención de permitir semejante mudanza, pero la exigencia de un cambio político-social resultó tan urgente que al final los progresistas acabaron triunfando. Si bien fue una victoria a medias, pues monarcas como Fernando VII (1774 -1833) o su hija la reina Isabel II (1830-1904) hicieron cuanto estuvo en su mano para descarrilar el proceso, fomentando un espíritu de confrontación egoísta y miserable. Por fortuna, Galdós redactaba este libro en 1873, la fecha cuando se producía otra de las mayores transformaciones “de la fisionomía nacional”, la llegada de la república, la primera república española. El pueblo, comentó Clemente Cimorra, la “recibe con entusiasmo” (pág. 62), pues suponía un momento en que otra vez se podían liberar de las infames “caenas” del reaccionarismo. Por entonces, Galdós dirigía la Revista de España, publicación donde el escritor canario desarrollaría una campaña civil progresista  en su calidad de periodista, semejante a la desarrollada antes que él por Mariano José Larra (1809-1837) o años después por Miguel de Unamuno (1864-1936), diagnosticando el problema de España con sinceridad. Los tres pagaron su atrevimiento con la exclusión de los círculos de intereses que han ahogado históricamente cualquier programa renovador. La república fracasaría, a pesar de los esfuerzos de políticos de la talla de Pi y Margall, de Salmerón y de Castelar, pero el entusiasmo suscitado entre la gente llana y entre intelectuales fue impresionante. Los escasos once meses de su duración mostraron la dificultad de poner orden en los asuntos internos, como en las finanzas nacionales, a pesar de los esfuerzos atinados del ministro de Hacienda, José Echegaray (1832-1916), el futuro premio Nobel, o externos, del que la independencia Cuba sería un buen ejemplo. El experimento de gobierno republicano terminó con un vergonzoso golpe de Estado: la toma del congreso de los diputados por el general Pavía (1874). El teniente coronel de la guardia civil Antonio Tejero intentó en 1981 un golpe de estado similar, apoderándose también del congreso.
España nunca ha sabido romper limpiamente con las ideologías del pasado, esta constante histórica explica el que la república supusiese una imperfecta  quiebra política con el ayer, lo que permitió la retauración monárquica. Cincuenta anos depsués los borbones serían expulsados de nuevo, con la llegada en 1931 de la segunda repíublica. Este forcejeo por el poder lo acabarían pagando un millón de muertos durante la guerra civil y cuarenta años de dictadura. Durante la democracia el golpe de Tejero fue el último coletazo.




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