La violación moral de lo literario: Dos libros de Peter Handke
09/11/2011
Publicado en El Cultural (14-10-2011)
Peter Handke, Traducción y prólogo por Cecilia Dreymüller. Preguntando entre lágrimas: Apuntes sobre Yugoslavia bajo las bombas y en torno al tribunal de La Haya. Madrid, Alento, 2011.
Traducción por Eustaquio Barjau (con la colaboración de Georg Pichler). Ayer, de camino, Madrid, Alianza Editorial, 2011. 705 páginas. 26,50 Euros
Entre los literatos de raza actuales destaca, sin duda, Peter Handke (Griffen, Austria, 1942), uno de esos escritores seguros de que la creatividad artística se alberga en un lugar interior, quizás el cerebro, donde los autores elegidos por las musas captan las esencias humanas autónomas, desprovistas de conexión alguna con la realidad. Si a este misticismo literario le sumamos su calidad de autor vanguardista queda claro que sus novelas, dramas, poesías y ensayos, buscan un lector especializado en el goce de las letras en un estado ideal. Paralelamente, Handke exhibe en sus obras una veta ideológica, afín a la de Günter Grass, mediante opiniones políticas que a veces sobrepasan lo razonable, como aquello de que los serbios son “todavía más víctimas que los judíos” (pág. 219), afirmación posteriormente rectificada.
Los libros comentados ilustran bien los dos aspectos mencionados. El grueso volumen Ayer, en camino resulta un ensayo melosamente literario, que pide un lector fervoroso, un converso de las letras puras, apto para seguir al autor por Austria, Grecia, Francia, o por ciudades como Ámsterdam, Estambul, o diversas regiones españolas, Andalucía, Cataluña, Galicia, Asturias, Castilla y León, y así. Se trata de la reelaboración de notas tomadas en un período (1989-1990) cuando carecía de residencia fija. Los lugares, los autores que en ellos vivieron, cuanto ve, enriquecen su percepción y le llevan a redactar un larguísimo libro de comentarios, aforismos y descripciones. Al final, la paja domina sobre el trigo, y este lector acaba sintiendo impaciencia con esta escritura autocomplaciente y hueca. “Mi tipo de religión son todavía -las involuntarias- imágenes, ¿y estas imágenes existen todavía?” ( pág. 546).
Handke en el segundo libro, Preguntando entre lágrimas, argumenta a favor de una causa mal definida y desnudo de razones pertinentes, su impenitente defensa de Slovodan Milosevic y su cohorte de asesinos, como el sanguinario Radko Mladic, descontando, entre otras cosas, la matanza de Srebenica con el débil argumento de que los serbios sufrieron también. Por una tortuosa senda llega a acusar de complicidad asesina a la prensa occidental, a los políticos, a cuantos defienden los derechos del hombre, porque olvidan a las víctimas inocentes del conficto en los Balcanes. Digo tortuosa, porque para ocultar la responsabilidad de los políticos serbios, en los dos primeros capitulos, un recuento de fugaces viajes de cuatro u cinco días a la antigua Yugoslavia, se fija en la manera en que los ciudadanos sobreviven los bombardeos. No ve, en cambio, a los musulmanes. Su manera de calibrar la guerra resulta decidamente surrealista. Viajando hacia el sur de Yugoslavia, se detiene en un bello paisaje en el camino, con sembrados y viñedos, donde descubre un diablillo oculto. “Se trata de algo imposible de captar, invisible, indescriptible, y así y todo “malvado”, algo que te deja sin habla, y que se desprende de la guerra, del estado de guerra, más allá de sus objetivos, de sus escenarios reales” (pág. 57). Este lector se tiene que pincharse para aceptar que diga semejantes cosas: que mirando a la naturaleza intuye algo más, una esencia del mal, descontando la destrucción a su alrededor. Lo que sucede es que Handke se ha empeñado en negar la realidad, los daños de la guerra, la verdadera tragedia de los conflictos bélicos. Malo es que un autor se meta en política, aún peor que meta lo literario en la política.
Consigue, sin pretenderlo, realizar un truco mágico: volver el mundo del revés. Cuando habla de Srebenica, se queja de que los occidentales no vimos a los pobres serbios de la ciudad, su masacre, y niega obviándolo el genocidio de los musulmanes. Los miles de niños, ancianos, mujeres, hombres, que fueron asesinados en ese enclave protegido por las Naciones Unidas. El entrever en la magia de las brumas le impide ver lo que pasa en la calle (Machado), y lo que es peor su discurso contamina los procesos humanitarios. Handke critica a Médicos sin fronteras, a Human Rights Watch, a la prensa entera, a los tribunales de justicia. Su narcisismo acaba siendo agobiante en ambos libros.
Sólo en la antepenúltima pieza del texto aparece una propuesta sensata tersamente redactada: la petición de que se considere la tragedia de los serbios junto con la de los musulmanes.
Germán Gullón