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Pregón Feria del Libro de Santander, 2011

04/05/2011

Los libros junto al mar

     Nací en una casa del Muelle, el hoy llamado paseo de Pereda, donde pasé la niñez y el comienzo de la adolescencia. Buena parte de los días sin colegio los disfrutaba sentado en el cuarto de estar, donde los libros y el mar se juntaban. Mi padre ocupaba un sillón frente a mí; a la derecha, había una pared cubierta por una estantería llena de volúmenes, y a la izquierda, se extendía un bello espejo, el mar de la bahía de Santander, enmarcado a la distancia por las orillas de Somo y Pedreña. Allí sentado disfrute de incontables momentos leyendo libros para niños y muchachos. A veces, por el rabillo del ojo, veía el barquito del práctico que pasaba pequeño y rápido a buscar a algún barco, como el Marqués de Comillas, necesitado de su ayuda para atracar en el puerto. La lectura y el mar se unían sugiriendo aventuras parecidas, pues ambas despertaban la imaginación del niño. Y si el día era bueno, y el cielo estaba despejado, mi padre abría  la ventana, entonces nuestros libros se dejaban contagiar por esa transparencia del aire de esta ciudad, cuando el sol horada la humedad. El olor a mar, pleno de riqueza sensual, invadía también nuestros sentidos.
     No puedo pensar en una mejor escena de lectura que una persona sentada frente al mar, en un día santanderino luminoso, con la mar en calma, teniendo entre las manos un volumen. No importa cuál, un libro de poemas, de prosa, de historia, de filosofía, de ciencias, una biografía, basta con que sea capaz de raptar la atención del lector. La mar, por su parte, contribuirá con su color, el ruido del oleaje, sus brillos y reflejos, bajamares y pleamares, a dotar el momento de plenitud sensual.
     Los libros son objetos mágicos. Cuando los  tienes entre las manos percibes la levedad de su peso, el tacto agradable del papel. Sus cubiertas atraen con sus variados diseños y colores. Si abres el volumen, quizás tengas la suerte de oler esa mezcla agridulce del papel hollado por la tinta. Recuerdo el ritual de mi padre abriendo las páginas con una plegadera, y a continuación olía el libro, dejándose llevar por el turbador aroma de la goma. Esa entrada al libro, por la tinta, por la goma, por el papel, resulta el preámbulo natural para disfrutar del volumen. El libro exige que accedamos a él de esa particular manera, cumplimentando el protocolo del libro impreso. Hay que tocarlo, acariciarlo, sopesarlo, apreciar su consistencia, y, finalmente, apreciar la grandeza de este supremo objeto de papiroflexia industrial...
     ¿Y qué diremos de la riqueza de sus formas? Hay libros pequeños, incluso libros pulga, medianos, grandes, enormes, para decorar las mesas bajas. Los hay encuadernados en piel, en papel, con tapas duras y blandas. ¿Y sus colores? Blancos, cremas, azules, verdes, que ocultan la riqueza de la letra impresa, sus diversas formas, agudas, redondeadas, estilizadas, barrocas o sencillas. Si abrimos el volumen, encontramos el nombre de la editorial, el lugar  y el año de publicación, dándonos la bienvenida. Enseguida viene el río de palabras, que se suceden para formar la historia, el argumento, la proposición, que capta nuestra atención, consiguiendo  por un momento que nos olvidemos del objeto, y nos centra en los sujetos, el autor que cuenta y el lector que escucha.
Mas, vayamos por partes. Una vez que quedan claras las señas de identidad del volumen, el nombre del autor, el título, el editor, la fecha de publicación, entonces dejamos que las palabras nos penetren. Si son de prosa bien redactada, la música de las palabras irá diciendo los primores del texto. Imaginaros que las palabras pertenecen a Platero y yo, de  Juan Ramón Jiménez:
“Platero es pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera, que se diría todo de algodón, que no lleva huesos. Sólo los espejos de azabache de sus ojos son duros cual dos escarabajos de cristal negro.
[...] Es tierno y mimoso igual que un niño, que una niña...; pero fuerte y seco por dentro, como de piedra. Cuando paseo sobre él, los domingos, por las últimas callejas del pueblo, los hombres del campo, vestidos de limpio y despaciosos, se quedan mirándolo:
--Tien’ asero...
Tiene acero. Acero y plata de luna, al mismo tiempo.”
     Los libros son asimismo como los buenos amigos: te acompañan y dan consejos cuando los necesitas. El autor literario utiliza las palabras para libar con la imaginación la verdad de lo real, y luego con paciencia de amanuense representar por medio de las letras, los signos verbales, ese mundo resultante, la vida de la ficción, en el texto. Nosotros, los lectores, descifraremos mediante la lectura las razones y las sinrazones guardadas en el texto. Cuando el ojo cae sobre lo redactado, comienza la historia a desplegarse ante nuestra mirada, que la imaginación y el entendimiento ampliarán, diversificarán. Las palabras hacen eco en el hueco de la galería del alma del lector, el almario sensible, despertando la curiosidad y el interés, pues las palabras dicen de cosas que no sabemos, quizás intuidas. En un momento dado, si estamos muy atentos, y leemos con cuidado, percibimos el aliento dejado por el autor en su texto. No sólo sus palabras, su historia, sino al propio autor haciendo de artífice y de creador del texto. Entonces, sabemos que  nuestra conciencia pretende hacerse una con la del autor. Nuestra conciencia individual en un momento siguiente y gracias a lectura, y vivimos el momento supremo que llamamos la lectura artística.
Los libros impresos, ese maravilloso invento de Gutenberg, siempre tienen sus puertas abiertas. Acogen entre sus cubiertas todo cuanto el ingenio y el saber humano es capaz de escribir. Pueden ser las verdades elaboradas por la inteligencia (filosofía), u opiniones (el ensayo), teorías matemáticas, físicas o químicas (libros científicos), una compilación de leyes (códigos de derecho), los hechos del devenir humano (libros de historia), incluso libros sagrados (Biblia, Corán), o pequeños y esquemáticos libros de viajes (guías de turismo), volúmenes de palabras rimadas (libros de poesía), manuales sobre la conducta humana (libros de psicología), o gordos mazacotes de anatomía o cirugía (libros de medicina), y no olvido los orgullosos tomos rebosantes de bellas ilustraciones (libros de arte), ni las omnipresentes ficciones (novelas), ni tampoco los compactos recetarios (libros de cocina) ni los libros donde aprendes vela o esgrima (libros de deportes). Su lectura permite ir entendiendo las mil y una capas de la vida, desde el ocio a lo más profesional. Ninguna verdad, como mostró en sus cuentos Jorge Luis Borges, es para siempre, todo cambia.
     Cada persona tiene un gusto distinto, lección legada por un gran santanderino de adopción, don Benito Pérez Galdós, que esta ciudad honra con una de sus más bellas calles, que termina asomándose a un alto desde donde se ve el mar, en el Sardinero, y que nombra a otras calles con los títulos de algunas obras suyas, como Marianela. Hay gentes que disfrutarán leyendo un libro de aventuras o novelas negras, mientras otros obtendrán el placer degustando una obra sumamente literaria, difícil, de complicado acceso, pero ambos el lector de la novela popular como el de la obra literaria experimentan el mismo placer. Y el uno no es inferior al otro. Esa lección nos la dio Galdós, y no la podemos olvidar: el placer psicológico producido  por la lectura es igual en todos los lectores.
Y siempre junto a los libros rondan tipos dignos de nota, el curioso, que se para aquí y allá rebuscando los libros en las casetas, o el vicioso del libro, el coleccionista, un bibliópata que ansioso va de puesto en puesto detectiveando la oferta. Los lectores, al comprar el libro deseado, sienten algo semejante al cazador que guarda la presa en el zurrón, la pieza está cobrada. Y así es en verdad, pues pasan a ser co-propietarios de un bien intelectual. Luego, el volumen llega a la casa,  sale galano de la bolsa, y el lector lo coge entre sus manos para disfrutar de su adquisición; a veces, el deseo de propiedad se une al de apropiarse de sus contenidos. La lectura facilita un inmediato trasvase, que deja calmadas esas ansias que produjo el libro al ser visto por primera vez. Su propietario y lector terminará colocándolo en una estantería junto a sus semejantes. En este momento el libro suele hacerse e remolón, no quiere aceptar esa prisión que constituyen los estantes de la librería, por eso unas veces parece que se hace más gordo, y no cabe, otras se adelgaza, y se tuerce y cae de lado, y el propietario lector tiene que ver cómo mantenerlo derecho. Afortunadamente, un buen lector, carcelero  de libros, lo saca de vez en cuando de la casilla, lo releerá, y el libro brilla de nuevo, sobre todo porque sabe transformarse y aparecer distinto de cuando lo leyó la primera vez. Este extraordinario intercambio entre el lector y el libro durante la relectura justifica volver a comprar un libro que ya tuvimos, pero que por los azares de la vida perdimos, prestamos a un amigo cleptómano, que nunca lo devolvió. Qué placer, comprar un libro que ya conocemos en una recién hecha edición, porque lo vemos como algo nuevo, diferente. Y jamás lo olviden: nada de tratos con amigos que piden prestado libros, porque luego no los devuelven.
Terminaré hablándoos del amante del libro, concretamente de mi padre, Ya dije que los olía, y estaba tan colgado de su aroma como un adicto al pegamento. Tampoco pasaba un día sin comprar papel impreso; si no era un libro, era El diario montañés o el Alerta, de los que recortaba ansioso las reseñas de los libros. Entretenía parte de sus tardes en tertulias donde se hablaba indefectiblemente de libros. Sus amigos eran autores de libros o fanáticos lectores. Su vida fue un perpetuo acarreo de maletas cargadas de libros. Vivimos muchos años en EE.UU., y saben lo que hacíamos a diario,  paquetes para  mandarlos para la biblioteca de Madrid. Se preguntarán y dónde ponía ese señor todos esos volúmenes. Pues en el piso que le puso a su amante, los libros, en la calle Montesa de Madrid. Y todos los días la visitaba, para verlos y hacerles compañía. A mí me decía, ven hijo, que tenemos que adecentar la biblioteca. Ese adecentar era reordenarla, un perpetuo recolocar los tomos.
Diré una cosa, los amantes suelen ser inconstantes, frívolos, se dejan seducir por un nuevo modelo de coche, de dama, mientras que el enamorado de los libros es fiel, constante, y nunca deja de querer a su amada. Recuerdo una anécdota que lo dice todo: mi madre se quejaba de la cantidad de libros, y mi padre para satisfacerla, en un ataque de insania, decidió vender ciertas novelas de Blasco Ibáñez y de otros autores del XIX, y las sustituyo por las obras completas de Aguilar de estos escritores, porque abultaban menos. Orgulloso, le decía a mi madre, mira Luisa, problema resuelto, voy a tener todo en obras completas, para que ocupe menos. Este desafecto duró un mes. En seguida me comunicó en secreto, hijo hay que ir a recuperar esos libros, y allí fuimos a recomprar los volúmenes orillados. Yo le dije, padre, venderemos las obras completas. Ni hablar, hijo, las esconderé en el maletero sin que se entere tu madre. Así el amante volvió a ser fiel a sus amados libros.
Antes de mudarnos a Madrid, la casa de Santander era un verdadero hogar para la literatura, porque los libros y el mar tienen una cosa importante en común: saben guardar un secreto. Si miramos al agua de la bahía el azul se oscurece para ocultar el fondo, así los libros guardan bajo esa tupida red que constituyen las palabras miles de secretos. Así como el buceador que penetra en lo hondo del mar va descubriendo sus secretos, así el lector de libro según progresa en la lectura penetrará el sentido guardado por las palabras, impresas en un volumen, y custodiadas por su encuadernación.
     Santander, ciudad cántabra, privilegiada por el destino geográfico, en tus mismas entrañas el libro y el mar se comunican sus secretos.

     (Santander, 29 de abril, 2011)


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